La caza del meteoro

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Algunos otros instantes de reflexión, y luego cogió deliberadamente su sombrero y comenzó a bajar sus seis pisos en dirección a la calle de Drouot, a la casa de banca Lecoeur, de la que esa calle se enorgullecía con justicia.

Zephyrin Xirdal sólo conocía una manera de hacer sus trayectos; jamás ómnibus, tranvías ni coches; cualesquiera que fuesen las circunstancias que tenía que recorrer, recorríalas invariablemente a pié.

Pero hasta en este ejercicio, el más natural y el más práctico de todos los deportes, no era posible que dejase de mostrarse original. Con los ojos bajos, balanceando sus anchas espaldas de derecha a izquierda, marchaba a través de la ciudad lo mismo que si hubiese estado en un desierto; con igual seguridad avanzaba, sin fijarse en vehículos ni peatones. Así, ¡cuántas exclamaciones de «bruto», «mal educado», «grosero», proferidas por los paseantes atropellados! ¡Qué de injurias más enérgicas, vociferadas por los cocheros obligados a detener sus carruajes para no atropellarle!

De nada de eso se cuidaba Zephyrin Xirdal. Sin darse cuenta del concierto de maldiciones que se alzaba tras él, como la estela que forma detrás de un buque en marcha, proseguía imperturbable su camino a grandes pasos, iguales y firmes.

Veinte minutos le bastaron para llegar a la calle Drouot, a la banca Lecoeur.


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