La caza del meteoro
La caza del meteoro —SÃ; a cuatrocientos kilómetros de aquÃ, según la vertical.
Un rayo de luz atravesó el espÃritu del banquero. Informado, como todo el mundo, por los periódicos, que durante tan largo tiempo habÃan tratado el mismo asunto, creyó haber comprendido. HabÃa comprendido, en efecto.
—¿El bólido? —balbució, palideciendo levemente.
—El bólido —repuso Xirdal tranquilamente.
Si otro que su ahijado se hubiese expresado en aquellos términos, era indudable que Monsieur Lecoeur le habrÃa hecho poner inmediatamente a la puerta; los instantes de un banquero son demasiado preciosos para que le sea permitido gastarlos inútilmente en escuchar locuras. Pero Zephyrin Xirdal no era como todo el mundo. Harto cierto era que la cabeza de éste no se hallaba muy bien equilibrada y que le faltaba algún tornillo, mas no por eso dejaba de contener un cerebro de genio para el que nada era imposible a priori.
—¿Quieres tú explotar el bólido? —preguntó Monsieur Lecoeur, mirando a su ahijado cara a cara con profunda curiosidad.
—¿Por qué no? ¿Qué hay de extraordinario en ello?