La caza del meteoro
La caza del meteoro En oposición con el axioma clásico «nada se crea y nada se pierde», proclama Xirdal que todo se crea y todo se pierde. La sustancia, eternamente destruida, se recompone eternamente; cada uno de sus cambios de estado va acompañado de una irradiación de energía y de una destrucción de sustancia correspondiente.
Esta destrucción existe, aun cuando no pueda ser comprobada. El sonido, el calor, la electricidad, la luz, son una prueba indirecta de ello. Esos fenómenos son materia irradiada, y por medio de ellos se manifiesta la energía liberada, aun cuando bajo una forma grosera aún y semimaterial. La energía pura, sublimada en cierta suerte, sólo puede existir más allá de los confines de los mundos materiales. La manifestación de esa energía y de su tendencia a una condensación siempre mayor es la atracción.
Tal es la teoría que Zephyrin Xirdal exponía.
—Sentado esto —concluyó diciendo Xirdal, como si acabase de emitir las proposiciones más sencillas—, basta con que yo liberte una pequeña cantidad de energía y la dirija sobre tal o cual punto del espacio que me convenga, para que sea dueño de ejercer una influencia sobre un cuerpo próximo, sobre todo si ese cuerpo es de poca importancia, que también él tenga una cantidad considerable de energía. ¡Esto es elemental!
—Y ¿tienes tú el medio de liberar esa energía? —preguntó Monsieur Lecoeur.