La caza del meteoro

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—Tengo, lo cual viene a ser lo mismo, el medio de abrirle un paso, quitando ante él todo lo que es sustancia y materia.

—¡En ese caso —exclamó Monsieur Lecoeur— podrías trastornar tú toda la mecánica celeste!

No pareció Zephyrin Xirdal turbado ante la enormidad de semejante hipótesis.

—Actualmente —reconoció con una modesta sencillez—, la máquina que yo he construido no puede darme más que resultados mucho más débiles. Es, no obstante, suficiente para dar movimiento e impulso a un bólido de algunos millares de toneladas.

—¡Amén! —terminó diciendo Monsieur Lecoeur, que comenzaba a sentirse conmovido—. ¿Pero, ¿dónde piensas hacer caer a tu bólido?

—En mi terreno.

—¿Qué terreno?

—El que habrá de comprarme usted cuando yo haya hecho los cálculos necesarios. Ya le escribiré acerca de este particular. Por supuesto, elegiré, en lo que posible sea, una región casi desierta en que esté barato el suelo; y puede ocurrir que haya dificultades para el acta de venta; no soy completamente libre en la elección, y puede suceder que el país no sea de muy cómodo acceso.

—Eso es asunto mío —dijo el banquero—. Yo respondo de todo a este respecto.


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