La caza del meteoro
La caza del meteoro A primera vista no parecÃa que la acción de la máquina se revelase por ningún signo material; pero observando atentamente, habrÃa podido notarse un fenómeno bastante singular. Las tenues partÃculas de polvillo en suspensión en la atmósfera se habÃan puesto en contacto con los bordes del reflector metálico, y giraban con violencia, formando un cono truncado, cuya base se apoyaba sobre la circunferencia del reflector, y a los dos o tres metros de la máquina este cono se convertÃa en un cilindro de algunos centÃmetros de diámetro, y ese cilindro de polvo persistÃa en el exterior, al aire libre, a pesar de una brisa bastante viva, hasta el momento en que desaparecÃa en las lejanÃas.
—Tengo el honor, señores, de anunciaros que todo marcha perfectamente —formuló Zephyrin Xirdal, sentándose sobre su única silla y encendiendo una gran pipa.
Media hora más tarde detenÃa el funcionamiento de la máquina, que volvió a poner en marcha muchas veces en aquel dÃa y en los siguientes, teniendo cuidado de dirigir el reflector en cada una de las experiencias hacia un punto diferente del espacio. Durante diecinueve dÃas procedió de esta suerte con absoluta precisión.