La caza del meteoro
La caza del meteoro Acababa el dÃa vigésimo de poner su máquina en acción y de encender su fiel pipa, cuando el demonio de las invenciones se apoderó una vez más de su cerebro. Una de las consecuencias de esa teorÃa de la destrucción perpetua de la materia, que sucintamente habÃa expuesto a Monsieur Robert Lecoeur, se impuso a su espÃritu De repente, como le acontecÃa de ordinario, acababa de concebir el principio de una pila eléctrica capaz de regenerarse a sà misma por virtud de reacciones sucesivas, la última de las cuales reducirÃa los cuerpos descompuestos a su estado primitivo. Semejante pila funcionarÃa evidentemente hasta la desaparición total de las sustancias empleadas, y hasta su transformación Ãntegra en energÃa. Era prácticamente el movimiento continuo.
—¡Canario...! ¡Pero...! ¡Canario! —balbució Zephyrin Xirdal, presa de gran emoción.
Reflexionó, como él sabÃa reflexionar, es decir, proyectando sobre un solo punto toda la fuerza vital de su organismo.
—Basta de objeciones —dijo al fin, traduciendo en voz alta el resultado de su esfuerzo interior—. Preciso es ensayar al instante.
Zephyrin Xirdal cogió su sombrero, bajó sus seis pisos y se precipitó en casa de un carpintero, a quien explicó de un modo claro y terminante lo que deseaba.