La caza del meteoro
La caza del meteoro Dada la explicación con orden de que lo ejecutaran sobre la marcha, fuese a casa de un fabricante de productos químicos, donde era muy conocido; eligió allí veintisiete botecillos, que el empleado envolvió en un paperfuerte, atando el todo con una cuerda resistente.
Terminado el embalaje, disponíase Zephyrin Xirdal a penetrar en su casa, con el paquete en la mano, cuando a la puerta misma de la tienda hallóse frente a frente con uno de sus raros amigos, bacteriólogo de positivo mérito. Xirdal, abstraído en sus sueños, no vio al bacteriólogo, pero éste vio a Xirdal.
—¡Hola, Xirdal! —exclamó, entreabiertos los labios, con una alegre sonrisa—. ¡Vaya un encuentro!
A esta voz bien conocida, el interpelado consintió en abrir los ojos sobre el mundo exterior.
—¡Hola! —repitió como un eco—. ¡Marcel Leroux!
—El mismo, amigo Xirdal.
—¿Y qué tal...? Contentísimo de verle, ya lo sabe.
—Pues estoy como un hombre que se halla a punto de tomar el tren. Tal y como usted me ve, con este saquito en bandolera, en el cual llevo tres pañuelos y varios otros artículos por el estilo, corro a la playa a darme un hartazgo de aires puros por ocho días. —¡Muy bien hecho! —exclamó Zephyrin Xirdal.