La caza del meteoro
La caza del meteoro —De usted depende hacer lo mismo. —Tiene usted razón.
—A menos que no se halle en este momento retenido en ParÃs.
—En manera alguna.
—¿No tiene usted nada que hacer? ¿No hay ninguna experiencia pendiente...?
Xirdal buscó con la mejor buena fe en sus recuerdos.
—Nada absolutamente —contestó.
—En ese caso, véngase usted; no le vendrá mal ocho dÃas de vacaciones; ¡qué bien lo pasarÃamos!
—Sin contar —interrumpió Xirdal— que podrÃa aprovecharme de ello para dilucidar un punto que me preocupa, a propósito de las mareas. Hállase esto ligado con problemas generales que tengo en estudio. En ello precisamente estaba yo pensando en el momento de encontrarnos —afirmó con la mayor sinceridad. —¿Viene usted entonces? —SÃ.
—En marcha, pues... Pero ahora pienso que tendrÃamos que pasarnos antes por su casa..., y no sé si la hora del tren...
—Es inútil; yo tengo aquà todo lo que me hace falta.
Y el distraÃdo mostraba con la mirada el paquete de los veintisiete botecillos.