La caza del meteoro
La caza del meteoro —¡Perfectamente! —dijo alegremente Marcel Leroux.
Ambos amigos se pusieron en marcha a grandes pasos, en dirección de la estación del ferrocarril.
—Usted comprende, mi querido Leroux; yo supongo que la tensión superficial...
Unas personas que se cruzaron con ellos obligaron a ambos amigos a separarse uno de otro, y el resto de la frase de Xirdal se perdió en el barullo de los carruajes.
Importábale esto muy poco a Zephiryn Xirdal, que prosiguió imperturbable su explicación, dirigiéndose sucesivamente a una serie de transeúntes, quienes le miraban con gran sorpresa. No se daba de ello cuenta el orador, y persistÃa en discurrir con elocuencia, sin dejar de hender las olas humanas del océano parisiense.
Y durante este tiempo, mientras que Xirdal, abstraÃdo en su nueva chifladura, se alejaba a grandes pasos hacia el tren, que le llevarÃa lejos de la ciudad, en la calle Cassette, en una habitación de sexto piso, una caja negruzca, de aspecto inofensivo, continuaba moviéndose discretamente; un reflector metálico continuaba proyectando su luz azulada, y el cilindro de polvillo continuaba arrollándose, tan rÃgido y tan frágil, en el espacio desconocido.