La caza del meteoro
La caza del meteoro Pero ¿llegaría a la hora fijada? Sólo faltaban tres minutos, el tiempo estrictamente necesario para bajar Exeter Street, y ningún vehículo aparecía en lo alto de la calle, ni motociclo, ni bicicleta, así como tampoco ningún automóvil que, andando ochenta kilómetros por hora, hubiera anticipado aún el instante de la cita.
Seth Stanfort lanzó una última mirada por Exeter Street. Un vivo relámpago brotó en sus pupilas, mientras murmuraba con un tono de inquebrantable resolución :
—Si a las diez y siete minutos no está aquí no me caso.
Como una respuesta a esta declaración, en aquel momento dejóse oír el galope de un caballo hacia lo alto de la calle. El animal, un ejemplar magnífico, hallábase montado por una joven que le manejaba con tanta gracia como seguridad. Los paseantes se apartaban a su paso, y a buen seguro que no tropezaría con ningún obstáculo hasta la plaza.
Seth Stanfort reconoció a la que esperaba. Su fisonomía volvió a recobrar su impasibilidad. No pronunció una sola palabra, ni hizo el menor gesto; tranquilamente, encaminóse derecho a la casa del juez.
Todo ello era para fastidiar a los curiosos, que se aproximaron, sin que el caballero les prestase la menor atención.