La caza del meteoro

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Pocos momentos después desembocaba en la plaza la amazona, y su caballo, blanco de espuma, se detuvo a dos pasos de la puerta.

El extranjero descubrióse y dijo:

—Saludo a Miss Arcadia Walker.

—Y yo a Mr. Seth Stanfort —respondió Arcadia Walker, con un gracioso movimiento.

Se nos puede dar crédito; los indígenas no perdían de vista a aquella pareja que les era a todos absolutamente desconocida. Y decían entre ellos:

—Si han venido para un proceso, es de desear que el proceso se arregle en beneficio de ambos.

—Se arreglará o Mr. Proth no será el hombre hábil que es.

—Y si ni uno ni otro están casados, lo mejor sería que el asunto acabase con un matrimonio.

Así juzgaban las lenguas, así se hacían los comentarios.

Pero ni Seth Stanfort ni Miss Arcadia Walker parecían percatarse de la curiosidad, enojosa más que nada, de que eran objeto.

Seth Stanfort disponíase a echar pie a tierra para llamar a la puerta de Mr. John Proth, cuando esta puerta se abrió ante él.

El juez apareció en el umbral, y detrás de él mostróse esta vez la anciana sirvienta Kate.


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