La caza del meteoro
La caza del meteoro En tal momento, tan pálido estaba Mr. Dean Forsyth y con tantos esfuerzos respiraba, que «Omicron», creyendo a su amo enfermo, se precipitó en su socorro. Pero éste le apartó con un gesto y, con el paso incierto de un borracho, refugióse en su gabinete de trabajo, en donde se encerró bajo doble vuelta de llave.
Desde entonces no se habÃa vuelto a ver a Mr. Dean Forsyth; durante más de treinta horas habÃa permanecido sin comer ni beber. Una sola vez habÃa logrado Francis forzar la puerta, permaneciendo en su umbral al observar el deplorable estado en que se encontraba su tÃo.
—¿Qué me quieres? —habÃa dicho Mr. Dean Forsyth.
—Pero, tÃo —habÃa dicho Francis— hace ya veinticuatro horas que está usted encerrado... ¡PermÃtanos, cuando menos, que le traigamos de comer!
—No necesito nada —habÃa respondido Mr. Dean Forsyth—, si no es silencio y tranquilidad, y te suplico, como un verdadero favor, que no turbes mi soledad.
Ante semejante respuesta, formulada con invencible firmeza, y al propio tiempo con una suavidad a la que no estaba acostumbrado Francis, no habÃa tenido este último valor para resistir. HabrÃa sido, por lo demás, bastante difÃcil lo contrario, ya que con aquellas últimas palabras el astrónomo habÃa vuelto a encerrarse y Francis se habÃa retirado sin saber nada.