La caza del meteoro
La caza del meteoro En la mañana del 13 de mayo, antevÃspera del matrimonio, exponÃa Francis por la vigésima vez esta nueva causa de cuidados a Mrs. Hudelson, que le escuchaba suspirando.
—No puedo comprender nada de lo que pasa —dijo al fin—. Es de creer que Mr. Forsyth y mi marido se han vuelto locos.
—¡Cómo! —exclamó Francis—. ¿Su marido...? ¿HabÃale ocurrido también algo al doctor?
—Sà —dijo Mrs. Hudelson—. Aun cuando se hubieran puesto de acuerdo, no obrarÃan de otro modo. Para mi marido la crisis ha comenzado más tarde; he ahà todo; sólo desde ayer mañana está encerrado en su despacho. Desde ese momento nadie le ha visto, y puede usted imaginarse nuestras inquietudes.
—Es para volverse loco —exclamó Francis.
—Lo que me dice de Mr. Forsyth —repuso Mrs. Hudelson—, me hace creer que ambos habrán hecho a la vez alguna observación a propósito de su maldito bólido.
—¡Ah, si en mi mano estuviera! —intervino Loo. —¿Qué harÃa mi querida hermanita? —preguntó Francis Gordon.
—¿Que qué harÃa...? Pues muy sencillo: enviarÃa a esa estúpida bola de oro a pasearse tan lejos que ni los mejores anteojos pudieran descubrirla.