La caza del meteoro
La caza del meteoro Tal vez, en efecto, la desaparición del bólido habrÃa vuelto la calma a Mr. Forsyth y al doctor Hudelson. ¿Quién sabe si, ausente el bólido para no volver, no se curarÃan de repente sus absurdos celos?
Pero no parecÃa que debiera producirse esta eventualidad. El bólido estarÃa allà el dÃa del matrimonio, lo estarÃa después y lo estará siempre, hasta la consumación de los siglos, puesto que gravitaba con una regularidad constante sobre su imperturbable órbita.
—En fin —dijo Francis—, ya veremos. Antes de cuarenta y ocho horas habrá que tomar un partido definitivo, y entonces sabremos a qué atenernos.
Al volver a la casa de Elisabeth Street pudo creer, por lo demás, que el nuevo incidente no tendrÃa nuevas consecuencias funestas. Mr. Dean Forsyth habÃa, en efecto, salido de su aislamiento y devorado silenciosamente una copiosa comida y a la sazón dormÃa a pierna suelta, mientras que «Omicron» desempeñaba en la ciudad una comisión de su amo.
—¿Viste tú a mi tÃo antes de acostarse? —preguntó Francis a Mitz.
—Como te estoy viendo a ti —respondió ésta—, toda vez que fui yo quien le sirvió la comida.
—¿TenÃa hambre?
—Un hambre canina. Nada absolutamente dejó del almuerzo.
—¿Y cómo estaba?