La caza del meteoro
La caza del meteoro —No del todo mal, salvo que estaba pálido como un espectro y con los ojos enrojecidos. Yo le aconsejé que se los lavase con agua borricada. Pero creo que ni me oyó siquiera.
—¿No dijo nada para mí?
—Ni para ti ni para nadie. Comió sin despegar los labios y marchó a acostarse después de enviar al ami Krone al Whaston Standard.
—¡Al Whaston Standard! —exclamó Francis—. Apostaría que es para comunicarle el resultado de su trabajo. ¡Otra vez van a comenzar las polémicas de prensa...! ¡No nos faltaba más que eso!
Con desolación leyó Francis al día siguiente la comunicación al periódico, comprendiendo que un nuevo alimento se daba con ella a la funesta rivalidad tan perjudicial para los intereses de su corazón. Y esa desolación aumentó, cuando vio que ambos rivales habían coincidido una vez más en sus juicios, pues mientras el Standard publicaba la nota de Mr. Dean Forsyth, el Whaston Morning publicaba una nota semejante del doctor Hudelson. Seguía, pues, aquella lucha encarnizada, en la que ninguno de los combatientes había conseguido la menor ventaja.