La caza del meteoro
La caza del meteoro —No es probable, no hallándose como no se halla permitida la bigamia en el territorio de la Unión —dijo el juez, cerrando la ventana—. Por lo demás, y sea de ello lo que quiera, no debo olvidar que es la hora de irme al Palacio de Justicia, donde se ventila hoy un asunto importante, relativo, precisamente, al bólido que tanto alboroto arma. De modo que si esa señora viniera a presentarse en mi casa, dÃgale usted esto.
Sin dejar de hablar, Mr. John Proth habÃa hecho sus preparativos para la marcha. Con un paso tranquilo bajó la escalera, salió por la puertecilla que daba a Potomac Street y desapareció en el Palacio de Justicia, que se alzaba precisamente enfrente de su casa, al otro lado de la calle.
No se habÃa equivocado la sirvienta; era ella, en efecto, Mrs. Arcadia Stanfort, quien se encontraba aquella mañana en Whaston con Bertha, su doncella. Ambas iban y venÃan con un paso impaciente, siguiendo con las miradas la pendiente de Exeter Street. Diez golpes sonaron en el reloj municipal. —¡Y decir que no está todavÃa aquÃ! —exclamó Mrs. Arcadia.
—Tal vez se haya olvidado del dÃa de la cita —sugirió Bertha.
—¡Olvidado! —dijo la señora con indignado acento. —A menos —repuso Bertha— que no haya reflexionado.