La caza del meteoro
La caza del meteoro Las gentes de la plaza de la Constitución hubieran podido notar las idas y venidas de esta joven señora, como habían notado dos meses antes las impaciencias del caballero que la aguardaba entonces para conducirla ante el magistrado. Pero ahora, todos, hombres, mujeres y niños, pensaban en una cosa muy distinta... Una cosa en la que en toda Whaston era seguramente Mrs. Arcadia la única que no pensaba. Nadie se preocupaba más que del maravilloso meteoro, de su paso por el cielo, de su caída anunciada para días fijos, aun cuando diferentes, por los dos astrónomos de la ciudad. Los grupos reunidos en la plaza de la Constitución, los criados de servicio o a la puerta de los hoteles apenas se inquietaban ante la presencia de Mrs. Stanfort.
Esta tenía indudablemente cuidados distintos de lo del bólido.
—¿No le ves, Bertha? —repetía.
—No, señora.
En ese momento, algunos gritos se alzaron en la extremidad de la plaza; los transeúntes se precipitaron en aquella dirección. Al propio tiempo las ventanas de los hoteles se llenaban de curiosos.
—¡Ahí está...! ¡Ahí está...!
Tales eran las palabras que corrían de boca en boca. Y de tal modo respondían esas palabras a los deseos de Mrs. Arcadia Stanfort, que ésta dijo: «¡Por fin!», como si se hubiesen dirigido a ella.