La caza del meteoro
La caza del meteoro —No es por usted, señora, por quien se grita —hubo de decirle su doncella.
Todas las cabezas se alzaban hacia el cielo. ¿Era el famoso bólido, que hacÃa su aparición por encima de la ciudad?
No; a aquella hora cruzaba el espacio en el otro hemisferio; y aunque asà no hubiese sido, no habrÃa podido descubrirse a simple vista en pleno dÃa.
¿A quién, pues, se dirigÃan las aclamaciones de la muchedumbre?
—¡Señora, es un globo! —exclamó Bertha—. ¡MÃrele usted...! Asoma por detrás de la torre de San Andrés.
Descendiendo lentamente de las capas superiores de la atmósfera, un aeróstato aparecÃa, en efecto, saludado por los acogedores aplausos de la muchedumbre. ¿Por qué esos aplausos? ¿OfrecÃa aquella ascensión algún interés particular? ¿HabÃa razones para que el público le hiciese aquel recibimiento?
SÃ, en verdad.
La tarde del dÃa anterior habÃase elevado el globo de una ciudad próxima, llevando a bordo al célebre aeronauta Walker Vragg, acompañado de un ayudante; y aquella ascensión no tenÃa otro fin que el de intentar una observación del bólido en condiciones más favorables. Tal era la causa de la emoción de la multitud, ávida de conocer los resultados de esa original tentativa.