La caza del meteoro
La caza del meteoro Un viento ligero empujaba al aeróstato por encima de Whaston y la población se proponía hacer a sus tripulantes una recepción triunfal.
Continuando el globo su tranquilo descenso, tomó tierra en medio precisamente de la plaza de la Constitución. Cien brazos se cogieron inmediatamente a la navecilla, mientras Walker Vragg y su ayudante echaban pie al suelo.
El ayudante avanzó con un paso rápido hacia la impaciente Mrs. Arcadia Stanfort.
Cuando estuvo cerca de ella:
—Heme aquí, señora —dijo inclinándose.
—A las diez y treinta y cinco —dijo con un tono seco Mrs. Arcadia Stanfort, señalando con el dedo el reloj municipal.
—Y nuestra cita era para las diez y media, ya lo sé —dijo el recién llegado con deferente cortesía—; pero le ruego que me excuse, ya que los aeróstatos no obedecen siempre a nuestra voluntad con la puntualidad que sería de desear.
—¿No me he equivocado, pues...? ¿Era usted realmente quien venía en ese globo con Walker Vragg?
—Yo era, en efecto.
—¿Me explicará usted...?