La caza del meteoro
La caza del meteoro —Nada más sencillo. Parecióme original, he ahà todo, el llegar de esta manera a nuestra cita. AsÃ, pues, compré, a fuerza de dólares, un sitio en la navecilla, con la promesa de Walker Vragg de dejarme aquà a las diez y media en punto. Creo que bien puede disculpársele el haberse equivocado solamente en cinco minutos.
—Sà —contestó Mrs. Arcadia Stanfort—, puede disculpársele, ya que está usted aquÃ. ¿No habrán cambiado sus intenciones, creo yo?
—En manera alguna.
—¿Su opinión es que obraremos con gran prudencia renunciando a la vida en común?
—Esa es mi opinión.
—La mÃa es que no estamos hechos el uno para el otro.
—Soy de la misma opinión.
—Ciertamente, Mr. Stanfort, que yo me hallo muy lejos de desconocer sus excelentes cualidades...
—Las de usted las aprecio yo en su justo valor.
—Puede uno estimarse y no agradarse; la estimación no es el amor. La estimación no serÃa bastante para hacernos soportar una tan gran incompatibilidad de caracteres.
—Habla usted como un libro.
—Evidente es que si nosotros nos hubiésemos amado...
—SerÃa todo muy diferente.