La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Mr. Proth comprendió que lo más prudente era dejarlos despacharse a su sabor y prestó oído como mejor pudo, llegando de esta suerte a comprender el sentido de la nueva argumentación. No se trataba ya de una cuestión astronómica, sino de una cuestión de intereses, de una reivindicación de propiedad. En una palabra, toda vez que el bólido había de caer, ¿a quién pertenecería? ¿Sería a Mr. Dean Forsyth? ¿Sería al doctor Hudelson?

—¡A Mr. Forsyth! —gritaban los partidarios de la torre.

—¡Al doctor Hudelson! —gritaron a su vez los partidarios de la torrecilla.

El juez Proth reclamó silencio, y, una vez obtenido, dijo:

—Señores, me permitirán ante todo danés un consejo: en el caso de que, como creen, el bólido caiga efectivamente...

—¡ Caerá! —repitieron a una los partidarios de Mr. Dean Forsyth y del doctor Hudelson.

—¡Sea! —concedió el magistrado con una condescendiente cortesía, de la que ni aun en América da siempre muestras la magistratura—. Por mi parte, no veo en ello inconveniente, y tan sólo deseo que no llegue a caer sobre las flores de mi jardín para evitar una hecatombe.

Algunas sonrisas corrieron entre los asistentes.


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