La caza del meteoro
La caza del meteoro Sin detenerse un instante, se inclinaron ante el magistrado, se saludaron recíprocamente y se alejaron sin volver la cabeza, subiendo el uno hacia el Faubourg de Wilcox, y la otra en una dirección opuesta.
Cuando hubieron desaparecido, Mr. John Proth entró definitivamente en su casa, en la que le esperaba el almuerzo largo tiempo hacía.
—¿Sabe usted, Kate, lo que yo debería poner encima de mi puerta? —dijo a su vieja sirvienta, al mismo tiempo que se ponía la servilleta bajo la barba.
—No, señor.
—Pues debería poner lo siguiente: «Aquí se casa a las gentes a caballo y se las divorcia a pie.»
Y sin más, atacó la comida.