La caza del meteoro
La caza del meteoro Lo que acaba de decirse de Miss Arcadia Walker puede aplicarse simétricamente —esta es la palabra exacta— a Mr. Seth Stanfort. Libre también, también rico, amando también los viajes, habiendo corrido el mundo entero, residÃa muy poco en Boston, su ciudad natal. En el invierno era el huésped del Antiguo Continente y de las grandes capitales, en las que habÃa encontrado con frecuencia a su aventurera compatriota. Durante el verano, volvÃa a su paÃs de origen, hacia las playas en que se reunÃan en familia los yanquis opulentos. También allà habÃa vuelto a encontrarse con Miss Arcadia Walker.
Los mismos gustos habÃan aproximado poco a poco a esos dos seres, jóvenes y valerosos, a quienes los curiosos, y sobre todo los curiosos de la plaza, juzgaban nacidos el uno para el otro. Y en verdad, ávidos los dos de viajes, ansiosos ambos de trasladarse allà donde cualquier incidente de la vida polÃtica o militar excitaba la atención pública, ¿cómo no habÃan de convenirse? Nada, pues, tiene de extraño que Mr. Seth Stanfort y Miss Arcadia Walker hubiesen llegado poco a poco a la idea de unir sus existencias, lo cual no cambiarÃa para nada sus hábitos. No serÃan ya dos buques marchando en conserva, sino uno solo y, puede creerse, magnÃficamente construido, maravillosamente dispuesto para cruzar todos los mares del Globo.