La caza del meteoro

La caza del meteoro

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La viuda Thibaut, vivamente penetrada del sentimiento de sus labores, no dejó de volver la caja a su sitio una vez terminadas sus faenas. Lo hizo de la mejor manera que supo, hay que hacerle justicia, con objeto de disponerla exactamente como la había hallado. Si sólo lo consiguió de una manera aproximada, conveniente será excusarla, pues no fue con propósito deliberado como envió el cilindro de polvillo en una dirección distinta de su dirección anterior.

Del mismo modo procedió la viuda Thibaut en los siguientes días, pues ¿por qué ha de cambiar uno sus hábitos cuando sus hábitos son virtuosos y dignos de loa?

Fuerza es, no obstante, reconocer que, con ayuda de la costumbre, la caja negruzca perdió progresivamente mucha de su importancia a sus ojos, y cada vez puso menos cuidado en volver a colocarla en sitio; en lo cual no veía malicia alguna e ignoraba por completo que su ignorada colaboración producía angustias crueles a J. B. K. Lowenthal. Una vez llegó, por inadvertencia, hasta hacer girar el reflector sobre su eje, sin ver el menor inconveniente en que se dirigiese hacia el techo de la habitación.

Así fue como Zephyrin Xirdal encontró su máquina al entrar en su casa el día 10 de junio, a primera hora de la tarde.


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