La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Su estancia a orillas del mar había transcurrido del modo más agradable, y tal vez la hubiera prolongado más si una docena de días después de su llegada no hubiese tenido la singular ocurrencia de mudarse de ropa.

Habiéndole puesto ese capricho en la necesidad de recurrir a su paquete, encontró, con gran sorpresa de su parte, veintisiete botecitos.

Zephyrin Xirdal abrió tamaños ojos; ¿qué venían a hacer allí aquellos veintisiete botecillos? Pronto, sin embargo, se anudó la cadena de sus recuerdos y se acordó de su proyecto de pila eléctrica.

Después de haberse administrado, como correctivo, unos cuantos puñetazos, apresuróse a empaquetar de nuevo sus veintisiete botes, y dejando allí plantado a su amigo Marcel Leroux, corrió al primer tren, que le condujo directamente a París.

Habría podido suceder muy bien que Zephyrin Xirdal olvidase en el camino el motivo urgente que le llevaba a París. Nada de particular hubiera tenido la cosa. Un incidente vino a refrescarle la memoria en el momento de apearse del tren en la estación de San Lázaro.

Tanto cuidado había puesto en rehacer el paquete de sus botecillos, que éste se rompió de repente en aquel preciso instante y vació sobre el asfalto su contenido, que se hizo trizas, produciendo un espantoso estruendo.


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