La caza del meteoro
La caza del meteoro Este desastre tuvo, al menos, la ventaja de recordarle el objeto que le llevaba a París.
Antes de subir a su casa entró en la tienda del fabricante de productos químicos, donde adquirió otros veintisiete botecillos completamente nuevos, y se dirigió a casa del carpintero, en donde hacía diez días que le estaba esperando su encargo.
Cargado con todos esos diversos paquetes y lleno de deseo de dar comienzo a los experimentos, abrió su puerta con gran prisa. Pero permaneció clavado en el umbral al ver su máquina, cuyo reflector estaba dirigido hacia el cénit.
En seguida Zephyrin Xirdal vióse asaltado de un tropel de recuerdos, y tal fue el acceso de su turbación, que sus manos dejaron escapar los fardos que sostenían, rompiéndose en veinte mil pedazos, sin que el autor del desastre se diera cuenta de ello. Inmóvil a la entrada, miraba la máquina con un aspecto de extrañeza y admiración.
—Esto es cosa de la viuda Thibaut —dijo, decidiéndose a entrar. Y añadió, sonriendo, después de interrumpir el funcionamiento de la máquina—: ¡Muy bien...! ¡Muy bien...! Deben ocurrir cosas muy divertidas.
Con una mano impaciente hizo saltar la faja de los periódicos apilados sobre la mesa, y leyó una tras otra las notas de J. B. K. Lowenthal. Zephyrin Xirdal se retorcía materialmente de risa.