La caza del meteoro
La caza del meteoro La lectura de algunos números hízole, por el contrario, fruncir las cejas. ¿A qué venía aquella Conferencia Internacional, cuya primera sesión estaba anunciada precisamente para aquel mismo día...? ¿No pertenecía de derecho el bólido a aquel que lo atraía hacia la Tierra?
Pero Zephyrin Xirdal recordó que nadie tenía conocimiento de su intervención. Era, pues, conveniente revelarlo a fin de que la Conferencia Internacional no perdiese el tiempo.
Empujando con el pie los restos de los botecillos, corrió a la oficina de Telégrafos más próxima y expidió el despacho que Mr. Harvey debía leer en voz alta desde el sillón presidencial ante sus colegas. Solamente se le olvidó firmar el despacho con su nombre y apellido.
Hecho esto, Zephyrin Xirdal volvió a subir a su casa y se enteró, leyendo una revista científica, de las idas y venidas del meteoro; exhumando después por segunda vez su anteojo, tomó una excelente observación, que sirvió de base para nuevos cálculos.
Hacia medianoche, hallándose ya todo perfectamente resuelto, puso de nuevo en marcha su máquina, dirigiéndola hacia un punto conveniente, y después de detenerla, se acostó tranquilamente y durmió con el sueño del justo.