La caza del meteoro
La caza del meteoro HacÃa dos dÃas que Zephyrin Xirdal proseguÃa sus experiencias y acababa de interrumpir el funcionamiento de su máquina, cuando oyó que llamaban a la puerta.
Fue a abrir y se encontró de manos a boca con el banquero Robert Lecoeur.
—¡Al fin te encuentro! —dijo éste, franqueando el umbral.
—Aquà estoy —contestó Zephyrin Xirdal.
—No sé ya el sinnúmero de veces que con ésta he subido tus seis pisos. ¿Dónde has estado?
—Estuve ausente —dijo Zephyrin Xirdal.
—¿Ausente? —gritó Monsieur Lecoeur, indignado—. ¿Ausente...? ¡Pero eso es abominable...! No se deja a las gentes en semejante inquietud...
Zephyrin Xirdal miró a su padrino con extrañeza. Cierto que sabÃa que podÃa contar con su afecto; pero no hasta ese punto.
—Pero, querido tÃo, ¿qué puede importarle a usted eso?
—¿Que qué puede importarme eso? ¿Ignoras, desgraciado, que toda mi fortuna está reposando sobre tu cabeza?
—No comprendo —dijo Zephyrin Xirdal, sentándose sobre la mesa y ofreciendo su única silla al visitante.
—Cuando fuiste a participarme tus fantásticos proyectos, acabaste por convencerme: te lo confieso.