La caza del meteoro
La caza del meteoro —¡Hombre!
—He contado, por consiguiente, con tu asunto y jugado fuertemente en la Bolsa a la baja.
—¿A la baja?
—SÃ; me he convertido hace dÃas en vendedor.
—¿Vendedor de qué?
—De minas de oro. Comprenderás perfectamente que si el bólido cae, las minas bajarán y que...
—¿Bajarán...? Cada vez comprendo menos. No veo qué influencia puede tener mi máquina sobre el nivel de una mina.
—De una mina, no, indudablemente; pero sobre el de sus acciones, ya es distinto.
—¡Sea! —concedió Zephyrin Xirdal, sin insistir—. Ha vendido usted, por lo tanto, acciones de minas de oro. Eso no es muy grave; eso prueba única y exclusivamente que usted tenÃa acciones de minas de oro.
—Al contrario, no tenÃa ni una sola.
—¿Y cómo es posible eso de vender lo que no se tiene? No entiendo yo cómo se puede hacer eso.
—Esto es lo que se llama una especulación a plazo, mi querido Zephyrin —explicó el banquero—. Cuando sea necesario entregar los tÃtulos compraré; he ahà todo.
—Entonces, ¿qué ventaja hay en ello...? Eso de vender para comprar después no parece ingenioso a primera vista.