La caza del meteoro
La caza del meteoro —Y ese descubridor —afirmaba enérgicamente Mr. Dean Forsyth, fuera de s×, ¡he sido yo!
—¡He sido yo! —afirmaba, por su parte, el doctor Sydney Hudelson con no menor energÃa.
—¡Cierto! —decÃan, aprobando, los últimos fieles.
Por mucho que esta aprobación confortase a los dos astrónomos, no podÃan remplazar a las aclamaciones entusiastas de la muchedumbre. Esto, no obstante, como era materialmente imposible convencer a todos los transeúntes unos tras otros, forzoso les era contentarse con el modesto aplauso de aquellos admiradores.
Los desengaños experimentados no disminuÃan su ardor; al contrario. Mientras más se negaban sus derechos al bólido, más se encarnizaban en reivindicarlos; mientras menos en serio parecÃa tomarse su pretensión, más se obstinaba cada uno de ellos en afirmar su cualidad de propietario único y exclusivo.
En tal estado de espÃritu, una reconciliación habrÃa sido imposible; por eso ni se pensaba siquiera en ella; muy lejos de ello, cada dÃa parecÃa separar más a los dos desventurados prometidos.
Los señores Forsyth y Hudelson anunciaban en voz alta su decidido propósito de protestar hasta el último suspiro contra la expoliación de que se juzgaban vÃctimas y de agotar todos los recursos.