La caza del meteoro
La caza del meteoro Mrs. Hudelson tenía razón, ya que el tiempo, como suele decirse, todo lo arregla; fuerza era, con todo, reconocer que por esta vez no parecía apresurarse demasiado a arreglar los asuntos de aquellas dos familias. Aun cuando Mr. Dean Forsyth y el doctor Sydney Hudelson no permanecieran indiferentes ante la reprobación que les rodeaba, esta reprobación no les causaba un fastidio comparable al que habrían de seguro experimentado en otras circunstancias. Su idea fija servía de coraza contra toda emoción que no tuviera el bólido por objeto.
¡Con qué afán leían las notas diarias de J. B. K. Lowenthal y las reseñas de las sesiones de la Conferencia Internacional! Allí estaban sus enemigos comunes, y contra ellos estaban, por fin, unidos en un mismo odio.
Por eso hubo de ser vivísima su satisfacción cuando supieron las dificultades con que tropezaron las reuniones preparatorias, y más viva aún cuando conocieron con qué lentitud y por qué vías tortuosas la Conferencia Internacional, definitivamente constituida, se dirigía hacia un acuerdo que continuaba siendo del todo problemático e incierto.
Había, en efecto, para utilizar una locución familiar, había tirantez en Washington.