La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Uno era Mr. Dean Forsyth, que, en compañía de «Omicron», bogaba lejos de la torre de Elisabeth Street; era otro Mr. Sydney Hudelson, que había abandonado la torrecilla de Moriss Street.

Tan pronto como las compañías de transporte habían organizado esos viajes a Groenlandia, ninguno de los dos rivales había vacilado un punto en sacar billete de ida y vuelta; si preciso hubiere sido, habría fletado cada uno de ellos un buque por su cuenta con, destino a Upernivik.

Era indudable que ellos no tenían la intención de echar mano al bloque de oro, apropiárselo y llevárselo a Whaston; querían, con todo, encontrarse allí en el momento de la caída.

¿Quién sabe, después de todo, si el Gobierno groenlandés, una vez en posesión del bólido, no les concedería una parte de aquellos millones caídos del cielo?

No hay que decir que a bordo del Mozik, Mr. Forsyth y el doctor Hudelson se habían abstenido cuidadosamente de elegir camarotes próximos. En el curso de aquella navegación, lo mismo que en Whaston, no habría el menor contacto entre ellos.

No se había opuesto Mrs. Hudelson a la partida de su marido, así como tampoco la vieja Mitz había tratado de disuadir a su amo de que emprendiera el viaje.


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