La caza del meteoro
La caza del meteoro Hallábanse en los comienzos de la navegación, y ya pagaban su correspondiente tributo, con gran amplitud, al dios Neptuno. Mas ni por un instante tan sólo lamentaban haberse lanzado en semejante aventura..
Creemos inútil decir si esas indisposiciones, que les reducÃan a la impotencia, eran aprovechadas por los dos novios.
De este modo ganaban el tiempo perdido, mientras que el padre y el tÃo caÃan bajo los golpes de la pérfida Anfitrite.
Ellos, por su parte, no eran accesibles al mareo, y sólo se separaban para prodigar sus cuidados a los dos enfermos; no sin cierto refinamiento de malicia, habÃanse repartido el trabajo; asÃ, mientras que Jenny ofrecÃa sus consuelos a Mr. Dean Forsyth, Francis Gordon se los prodigaba al doctor Hudelson.
Cuando el mar se hallaba más tranquilo, Jenny y Francis sacaban de los camarotes a los dos infortunados astrónomos, los conducÃan al aire Ubre y los hacÃan sentarse no lejos el uno del otro, teniendo cuidado de ir disminuyendo gradualmente esta distancia.
—¿Cómo se encuentra? —decÃa Jenny, echando una manta sobre las piernas de Mr. Dean Forsyth.
—¡Bastante mal! —suspiraba el enfermo, sin saber siquiera quién le hablaba.
Y haciéndole recostar sobre unos almohadones bien dispuestos: