La caza del meteoro
La caza del meteoro —¿Cómo va eso, Mr. Hudelson? —repetÃa Francis, con un tono afable, como si nunca le hubiesen despedido de la casa de Moriss Street.
Los dos rivales permanecÃan allà algunas horas, teniendo sólo una vaga conciencia de su vecindad!
Para que recobrasen un poco de animación sólo era menester que Mr. Schnack llegase a pasar cerca de ellos. Un relámpago iluminaba los ojos de Mr. Forsyth y del doctor Hudelson, que hallaban la fuerza suficiente para murmurar para sà mismos invectivas de impotente odio.
—¡Ese salteador de bólidos! —murmuraba Mr. Dean Forsyth.
—¡Ese ladrón de meteoros! —murmuraba el doctor Hudelson.
Mr. Schnack no se daba cuenta de ello, ni siquiera estaba enterado de su presencia a bordo. Iba él y venÃa desdeñósamente con el aplomo de un hombre que va a encontrar en su paÃs más dinero del que se necesitarÃa para pagar cien veces la deuda pública del mundo entero.
La navegación, sin embargo, seguÃa en excelentes condiciones. De creer era que otros buques con igual destino atravesarÃan en aquellos momentos el Atlántico.
El Mozik pasó a lo largo de Nueva York hacia Boston. En la mañana del 30 de julio llegó a anclar ante esta capital del estado de Massachusetts. Con un dÃa habrÃa bastante para embarcar el carbón.