La caza del meteoro
La caza del meteoro ¡No; era una región de las más impracticables y de las más inhospitalarias la que iba a ser el teatro de aquel acontecimiento tan memorable!
A decir verdad, podían invocarse algunos precedentes. ¿No han caído ya bólidos en Groenlandia? ¿No encontró Nordenskjold en la isla Disko tres bloques de hierro, cada uno de los cuales pesaba veinticuatro toneladas, meteoritos muy probablemente, que figuran hoy en día en el Museo de Estocolmo?
Por fortuna, si J. B. K. Lowenthal no se había equivocado, el bólido debía caer sobre una región bastante abordable y en el transcurso de aquel mes de agosto, que eleva la temperatura sobre cero.
En esta época del año puede el suelo en algunos sitios justificar la calificación de tierra verde dada a ese trozo del Nuevo Continente. En los jardines brotan algunas leguminosas y algunas gramíneas, mientras que hacia el interior sólo pueden encontrarse musgos y líquenes.
Pero en cambio, tras dos o tres meses de verano, a lo sumo, vuelve el invierno con sus interminables noches, sus fuertes corrientes atmosféricas, salidas de las regiones polares.
De que el meteoro no debiese caer en el interior del Continente, no se seguía que su posesión le estuviese asegurada a Groenlandia.