La caza del meteoro

La caza del meteoro

Pronto hubo de volver la tranquilidad a este respecto. El cĂĄlculo habĂ­a conducido a J. B. K. Lowenthal a conclusiones exactas y Ășnica y exclusivamente para asistir a esa caĂ­da del bĂłlido era por lo que Mr. Wharf habĂ­a emprendido aquel largo viaje, a tĂ­tulo de representante de su jefe jerĂĄrquico.

Era entonces el 16 de agosto; faltaban, por consiguiente, tres veces veinticuatro horas para que el bĂłlido reposase sobre la tierra groenlandesa.

—A menos que no se vaya al fondo —murmurĂł Francis Gordon, Ășnico, por lo demĂĄs, en concebir este pensamiento y en formular esta esperanza.

Pero no podĂ­a saberse hasta pasados tres dĂ­as el desenlace de aquel asunto. Tres dĂ­as no es nada apenas y es a veces mucho, muy particularmente en Groenlandia, en la que no podĂ­a pretenderse que los placeres pecasen por la abundancia.

Reinaba, pues, el fastidio, y largos y contagiosos bostezos desarticulaban los maxilares de aquellos turistas desocupados.

Uno de ellos, a quienes el tiempo seguramente parecĂ­a menos largo, era Mr. Stanfort.

Globe trotter determinado, corriendo de muy buen grado allí donde hubiera algo sensacional que ver, estaba acostumbrado a la soledad y sabía, como suele decirse, acompañarse a sí mismo.


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