La caza del meteoro
La caza del meteoro En su provecho exclusivo fue, no obstante —porque tal es la injusticia inmanente—, como debÃa romperse la fastidiosa monotonÃa de aquellos últimos dÃas de espera.
Paseábase Mr. Seth Stanfort por la playa para asistir al desembarque de los pasajeros del Oregón, cuando se detuvo de pronto al Ver una señora, que una de las embarcaciones depositaba sobre la arena de la playa.
Dudando Seth Stanfort del testimonio de sus sentidos, se acercó, y con un tono que revelaba sorpresa, pero no en modo alguno disgusto;
—¿Mrs. Arcadia Walker, si no me engaño? —dijo.
—¡Mr. Stanfort! —exclamó la pasajera.
—No contaba yo, Mrs. Arcadia con la dicha de volver a verla en esta remota isla.
—Ni yo tampoco, Mr. Stanfort.
—Y ¿cómo se encuentra usted, Mrs. Arcadia?
—Perfectamente, Mr. Stanfort... ¿Y usted?
—Muy bien, completamente bien.
Sin otras formalidades pusiéronse a conversar como dos antiguos conocidos que acaban de encontrarse por casualidad,
Mrs. Arcadia Walker inquirió en seguida, alzando la mano hacia el espacio:
—¿No ha caÃdo aún?