La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Habíanse ellos separado sin reproches, sin recriminaciones. Mr. Seth Stanfort había ido por su lado; Mrs. Walker lo había hecho por el suyo; un acontecimiento sensacional llevábales a ambos a aquella isla groenlandesa, ¿por qué razón habían de haber afectado no conocerse?

Cambiadas las primeras frases, Mr. Seth Stanfort habíase puesto a la disposición de Arcadia Walker, quien aceptó de muy buen grado los servicios de Seth Stanfort; y ya no se volvió a hablar entre ellos de otra cosa que del fenómeno meteorológico, cuyo desenlace estaba tan próximo.

A medida que iba el tiempo transcurriendo, un enervamiento creciente seguía invadiendo a los curiosos reunidos en aquella remota playa, y más especialmente a los principales interesados, entre los cuales menester era colocar, además de los groenlandeses, a Mr. Dean Forsyth y al doctor Sydney Hudelson, toda vez que ellos continuaban atribuyéndose a sí mismos esta cualidad.

«¡Siempre que caiga efectivamente sobre la isla!», pensaban Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson.

«Y no en el mar...», pensaba el jefe del Gobierno groenlandés.

—Pero no sobre nuestras cabezas —agregaban entre dientes algunos muy miedosos.

Demasiado cerca o demasiado lejos; tales eran, en efecto, los dos únicos puntos importantes.


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