La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Después de haber descansado durante un buen rato, reanudaron la marcha. Quinientos metros todavía, y a la vuelta del promontorio aparecería el meteoro en todo su brillante esplendor a los ojos de los curiosos. Desgraciadamente, al cabo de unos doscientos pasos, Mr. Schnack, que marchaba a la cabeza, tuvo que detenerse de nuevo, y tras él los señores Forsyth y Hudelson, y tras éstos toda la muchedumbre vióse obligada a hacer lo mismo. No era el calor el que les obligaba a hacer este segundo alto, sino un obstáculo inesperado, el más inesperado de los obstáculos, que en semejante país hubiera podido preverse.

Una cerca de madera se extendía allí hasta el litoral, cerrando el paso por todas partes. En varios sitios se alzaban postes, sobre los cuales aparecía una misma inscripción en francés, inglés y danés. Mr. Schnack, que se encontraba enfrente, precisamente, de uno de esos rótulos, leyó con verdadera estupefacción: «Propiedad privada. Se prohíbe el paso.»

¡Una propiedad privada en aquellos remotos parajes era una cosa bien extraordinaria! Que hubiese villas y posesiones en las soleadas orillas del Mediterráneo, o sobre las más brumosas del Atlántico, se comprendía perfectamente; ¡pero sobre las playas del océano Glacial...! ¿Qué podía hacer de aquel dominio árido y rocoso su original propietario?


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