La caza del meteoro

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En todo caso, aquello no era de la incumbencia de Mr. Schnack. Absurdo o no, una propiedad privada le cerraba el camino, y ese obstáculo moral únicamente había contenido sus impulsos. Un delegado oficial es naturalmente respetuoso de los principios sobre que reposan las sociedades civilizadas; y la inviolabilidad del domicilio privado es un axioma universalmente proclamado.

El propietario, por lo demás, había tenido muy buen cuidado de recordar ese axioma a los que hubiesen sentido tentaciones de olvidarlo.

Mr. Schnack estaba perplejo. Permanecer allí parecíale muy cruel. Pero por otra parte... ¡violar la propiedad de otro, con menosprecio de todas las leyes divinas y humanas...!

A la cola de la columna se dejaron oír murmullos que iban aumentando de minuto en minuto, y en pocos instantes se propagaron hasta la cabeza. Las últimas filas, ignorantes de la causa que lo motivaba, protestaban, con toda la fuerza de su impaciencia, contra aquella detención. Puestos al tanto del incidente, no se dieron por satisfechos y aumentando poco a poco su descontento, pronto estalló un vocerío, en medio del cual todo el mundo hablaba a un tiempo, sin escuchar a los demás.


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