La caza del meteoro
La caza del meteoro —¿Nada puedes hacer entonces? —insistió Monsieur Lecoeur, mordiéndose los labios para no estallar.
—Yo no he dicho semejante cosa —rectificó Zephyrin Xirdal—; pero el asunto es difÃcil; por supuesto, puede intentarse hacer algo, a pesar de ello.
Lo intentó, efectivamente, y con tanta obstinación, que el 17 de agosto conceptuó como seguro el éxito de su tentativa.
El bólido, definitivamente desviado, caerÃa de lleno sobre la tierra firme, a unos cincuenta metros de la orilla del mar, distancia suficiente para alejar todo riesgo.
Por desgracia, durante los dÃas que siguieron se desencadenó aquella violenta tempestad de que hemos hablado, y Xirdal temió que la trayectoria del bólido se hubiese modificado por un tan furioso y arrebatado desplazamiento del aire.
Esta tempestad se calmó, como se sabe, en la noche del 18 al 19; pero los habitantes de la cabaña no se aprovecharon de ese respiro que les dejaban los elementos desencadenados. La espera del acontecimiento no les permitió tomar un minuto de reposo.
La caÃda se produjo a la hora precisa anunciada por Zephyrin Xirdal.