La caza del meteoro
La caza del meteoro —En el mar evidentemente —contestó con gran serenidad Xirdal, que, como verdadero matemático, no experimentaba otro sentimiento que una gran satisfacción al comprobar lo exacto de sus cálculos.
Pero casi en el acto se le representó el otro aspecto que ofrecÃa el problema.
—¡Diablo! —bufó, cambiando de tono y mirando a su padrino con aire indeciso.
Éste trató de recobrar la calma.
—Veamos, Zephyrin —repuso, adoptando el tono bondadoso que conviene emplear con los niños—; no vamos a estarnos con los brazos cruzados, se me figura a mÃ. Se ha cometido un error; menester es repararlo. Ya que tú has sido capaz de ir a buscar al bólido en pleno cielo, debe ser un juego para ti el hacerle sufrir una desviación de unos cuantos centenares de metros.
—¿Lo cree usted asÃ? —respondió Zephyrin Xirdal, moviendo la cabeza—. Cuando yo obraba sobre el meteoro, éste se hallaba a cuatrocientos kilómetros. A esta distancia la atracción terrestre se ejercÃa de tal manera, que la cantidad de energÃa que yo proyectaba sobre una de sus caras era capaz de provocar una ruptura de equilibrio apreciable. Pero ahora no ocurre asÃ; el bólido está más cerca y la atracción terrestre lo solicita con tanta fuerza, que un poco de más o de menos no cambiarÃa gran cosa.