La caza del meteoro
La caza del meteoro Era seguro que, puesto que no caía era porque se hallaba en equilibrio; era, sin embargo, bien inestable este equilibrio, y se comprendía que el menor impulso habría bastado para precipitar en el abismo el fabuloso tesoro. Una vez lanzado sobre la pendiente, nada en el mundo sería capaz de detenerle, y resbalaría invenciblemente hasta el mar, que se cerraría sobre él.
«Razón de más para apresurarse», pensó de pronto el banquero, recobrando la conciencia.
Era una completa locura perder de aquella manera el tiempo en una necia contemplación, con grave riesgo de sus intereses. Pasando sin perder un minuto más detrás de la cabaña, izó la bandera francesa a la extremidad de un mástil bastante elevado para que pudiera ser visto de los buques anclados ante Upernivik.
Sabemos ya que aquella señal debía ser vista y comprendida.
El Atlantic había marchado en seguida hacia alta mar, en ruta para la oficina de Telégrafos más próxima, desde la cual se dirigía a la casa de Banca de Robert Lecoeur, calle Druot, en París, un despacho redactado en lenguaje claro: «Bólido caído; vendan en seguida.»
En París se apresurarían a ejecutar esta orden, lo que valdría un enorme beneficio al banquero, que jugaba sobre seguro.