La caza del meteoro
La caza del meteoro Zephyrin Xirdal, insensible a esos vulgares intereses, continuaba sumido en su contemplación, cuando un gran vocerÃo hirió sus oÃdos.
Al volverse, descubrió a la muchedumbre que se habÃan atrevido a penetrar en sus dominios. ¡He ahà una cosa que era verdaderamente intolerable!
Rápidamente se adelantó al encuentro de los invasores.
El delegado de Groenlandia le ahorró la mitad del camino.
—¿Cómo es eso, señor mÃo —dijo Xirdal, abordándole—, que ha entrado usted en mi casa? ¿No ha visto usted los carteles?
—Perdone usted, caballero —respondió cortésmente Mr. Schnack—; les hemos visto perfectamente, pero hemos creÃdo que en atención a las circunstancias, verdaderamente excepcionales, podrÃamos excusarnos de faltar a las reglas generalmente admitidas.
—¿Circunstancias excepcionales? —preguntó Xirdal con candidez—. ¿Qué circunstancias excepcionales?
La actitud que entonces adoptó Mr. Schnack expresó, como es natural, cierta sorpresa.
—¿Qué circunstancias excepcionales? —replicó—. ¿Necesitaré, por ventura, decirle, caballero, que el bólido de Whaston acaba de caer en esta isla?