La caza del meteoro
La caza del meteoro —Lo sé perfectamente —declaró Xirdal—. Pero nada de excepcional hallo yo en ello. Es un hecho sumamente trivial el de la caÃda de un bólido.
—No, porque es de oro.
—De oro, lo mismo que de otra cosa cualquiera, un bólido será siempre un bólido.
—No es esa la opinión de esos caballeros y de esas señoras —replicó Mr. Schnack, señalando la multitud de turistas, la mayor parte de los cuales no comprendÃan una sola palabra de todo aquel diálogo—. Todas estas personas no se hallan aquà más que para asistir a la caÃda del bólido de Whaston. Confiese usted que era duro, tras un viaje semejante, el verse detenido Por una valla de alambre.
—Es cierto —reconoció Xirdal, dispuesto a la conciliación.
Hallábanse de esta suerte las cosas en buen camino, cuando Mr. Schnack cometió la imprudencia de añadir:
—En lo que me concierne, no podÃa detenerme ante su valla, por cuanto se oponÃa al incumplimiento de la misión oficial de que estoy investido.
—¿Y esa misión consiste...?
—En tomar posesión del bólido, en nombre de Groenlandia, cuyo representante soy aquÃ.
Xirdal se habÃa desobresaltado.