La caza del meteoro
La caza del meteoro —¡Tomar posesión del bólido! —gritó—. ¡Pero usted está loco, caballero!
—No veo por qué —replicó Mr. Schnack un tanto picado—; el bólido ha caÃdo en terreno groenlandés; pertenece, pues, al Estado groenlandés, toda vez que no pertenece a nadie.
—Eso es un cúmulo de errores —protestó Zephyrin Xirdal, con una naciente violencia—. El bólido, en primer lugar, no ha caÃdo en territorio groenlandés, sino en un territorio mÃo, puesto que lo he comprado. El bólido, en segundo término, pertenece a alguien y ese alguien soy yo.
—¿Usted?
—Yo.
—¿A tÃtulo de qué?
—Pues a todos los tÃtulos posibles, mi querido señor. Sin mÃ, el bólido estarÃa gravitando aún en el espacio, en el cual, por muy representante que usted sea, hubiera tenido que irlo a buscar... ¿Cómo, por consiguiente, no habÃa de ser mÃo estando como está en mi propiedad y habiendo sido yo el que le ha hecho caer?
—¿Dice usted...?
—Digo que he sido yo quien lo ha hecho caer. Yo cuidé, por otra parte, de informar a la Conferencia Internacional que, según parece, se reunió en Washington. Presumo que mi despacho interrumpirÃa todos sus trabajos inmediatamente.