La caza del meteoro
La caza del meteoro Mr. Schnack miraba a su interlocutor con inquietud. ¿Se trataba de un bromista o de un loco?
—Caballero —respondió—, yo formaba parte de la Conferencia Internacional y puedo afirmarle que continuaba reunida a mi salida de Washington. Puedo, por otra parte, afirmarle igualmente que ningún conocimiento tengo del despacho de que usted habla.
Mr. Schnack era sincero. Un poco sordo, no habÃa oÃdo una sola palabra de aquel despacho, leÃdo, como es costumbre en todo Parlamento que se respeta, en medio del infernal vocerÃo de las conversaciones particulares.
—Pues yo lo envié —afirmó Zephyrin Xirdal, que empezaba a sulfurarse—. Que llegara o no a su destino, nada cambia eso en mis derechos.
—¿Sus derechos? —replicó Mr. Schnack, a quien aquella inesperada discusión irritaba igualmente—. ¿Se atreve usted seriamente a sostener pretensiones sobre el bólido?
—¡Ya lo creo!
—¡Un bólido que vale seis trillones de francos!
—¿Y qué...? Aun cuando valiera trescientos mil millones de millares de millones de billones de millares de trillones..., no le impedirÃa ser mÃo.