La caza del meteoro

La caza del meteoro

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—¡Suyo...! Eso es una tontería... ¡Poseer un hombre solo más oro que el resto del mundo...! Eso no podría tolerarse.

—Yo no sé si podría o no tolerarse —gritó Zephyrin Xirdal, completamente encolerizado—. No sé más que una cosa, y es que el bólido es mío.

—Eso es lo que nosotros habremos de ver —concluyó diciendo Mr. Schnack en tono seco—. Por el momento, habrá usted de permitirnos que prosigamos nuestro camino.

Diciendo esto, el delegado tocó ligeramente el borde de su sombrero, y a una señal suya, el indígena se puso en marcha seguido de todos los demás invasores.

Zephyrin Xirdal, plantado sobre sus largas piernas, miró pasar a aquella muchedumbre; su indignación era enorme. ¡Entrar en su casa sin su permiso y conducirse como en país conquistado! ¡Negar sus derechos! Aquello pasaba de la raya.

Nada, empero, podía hacerse contra semejante multitud. Por eso, cuando todos habían desfilado, vióse reducido a batirse en retirada. Pero si estaba vencido, no estaba convencido, y mientras iba andando daba rienda suelta a su enojo.

—¡Esto es muy desagradable...! ¡Muy fastidioso! —exclamaba, gesticulando locamente.

La muchedumbre, sin embargo, tuvo que detenerse, pues el calor era verdaderamente insoportable.


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