La caza del meteoro
La caza del meteoro Por lo demás, era perfectamente inútil seguir adelante.
A menos de cuatrocientos metros aparecÃa la esfera de oro, y todo el mundo podÃa contemplarla, como antes la habÃan contemplado Zephyrin Xirdal y Monsieur Robert Lecoeur. No irradiaba ya lo mismo que cuando trazaba su órbita en el espacio, pero tal era su brillo, que podÃan apenas los ojos soportarlo.
—¡Qué lástima! —no pudo dejar de exclamar Francis Gordon al observar la posición en que habÃa quedado el bólido—; veinte pasos más, y se habrÃa ido al fondo...
—De donde no se le habrÃa sacado muy fácilmente —agregó Mrs. Arcadia Walker.
—¡Eh! Mr. Schnack no lo tiene todavÃa —hizo observar, riéndose, Seth Stanfort.
Allà estaban los señores Dean Forsyth y Sydney Hudelson, inmóviles, hipnotizados, por decirlo asÃ; ambos habÃan intentado adelantar algunos pasos, pero uno y otro tuvieron que retroceder lo mismo que el impaciente «Omicron».
—Pero, al fin..., allà está... No en el fondo del mar... No se ha perdido para todos... Se halla en las manos de ese afortunado groenlandés... Bastará esperar. —He ahà lo que repetÃan los curiosos, detenidos por aquel terrible calor.