La caza del meteoro
La caza del meteoro Aquello fue un estupor general, mezclado con un poco de menosprecio hacia aquel suelo indigno de un tan maravilloso peso. ¡Qué lástima que la caída se hubiese producido sobre aquella isla y no sobre el inquebrantable promontorio basáltico del litoral groenlandés, donde aquellos millares de millones no habrían corrido el riesgo de perderse para siempre para la ávida Humanidad!
Sí; el meteoro se deslizaba; tal vez sólo fuese cuestión de horas, de minutos, el que el mar se tragase aquellas enormes riquezas.
En medio de todos los gritos provocados por la inminencia de semejante desgracia, ¡qué exclamación de espanto la que había lanzado Mr. Schnack...! ¡Adiós, aquella única ocasión de enriquecer fabulosamente a su país...! Adiós, aquella risueña perspectiva de enriquecer a todos los ciudadanos de Groenlandia!
En cuanto a Mr. Dean Forsyth y al doctor Sydney Hudelson, podían abrigarse temores por su razón. Tendían los brazos desesperadamente, pedían socorro, como si hubiera sido posible el responder a semejante llamamiento.
Un movimiento más pronunciado del bólido acabó de hacerles perder la cabeza; sin reflexionar en el riesgo que corría, el doctor Hudelson, rompiendo la línea de los guardias, corrió hacia la esfera de oro.